Los guacamayos migrantes


 
Cada mañana con los primeros rayos del sol me despierto, abro los ojos y me fijo en Ara, ella es mi pareja, ¡mi linda Ara! Cuando los dos estamos bien despiertos, estiramos nuestras alas verdes y comenzamos a volar.

Yo vivo aquí desde que nací, mis padres también vivían aquí, en un valle, con altas montañas y una ciudad en el centro. He formado mi casa en una palmera seca que está dentro de la montaña.

Todos los días sobrevolamos Caracas, así le dicen los humanos a ese lugar con edificios, casas y un montón de vehículos. No voy solo, Ara siempre me acompaña, también algunos amigos que son mi familia. Está mi hermana Severa junto con su pareja Chioro, además, mi primo Güai, su hijo menor Macao y su pareja Auna.

Vivimos al oeste de la ciudad, entonces, nuestro lugar de encuentro es una zona con pequeños edificios, donde todavía quedan muchos árboles. Allí hay un gran pino, muy alto, tan alto que está por encima de todos los edificios, me gusta subirme en la copa de él, donde puedo ver todos los alrededores. Es una vista increíble, Ara se queda en las ramas de abajo, mientras yo llamo a mis amigos. Grito alto para que puedan escucharme. De esta manera van llegando y se posan en los árboles cercanos, anunciando su llegada. Cuando ya estamos todos, volamos juntos hacia los árboles frutales, según la época del año, tenemos una ruta planeada.

En nuestro camino nos encontramos con otros pájaros, son pocos los que tienen la capacidad como nosotros de agarrar la comida con las patas y llevarlas hasta el pico, semi redondeado, muy eficaz para picar diferentes semillas y tomar la nuez.

Últimamente, en algunas de nuestras rutas, nos hemos encontrado a otros pájaros que para nada me caen bien, parece que nos persiguen y observan nuestros movimientos, han tomado alimentos de nuestras zonas. Lo peor es que se parecen muchísimo a nosotros, lo que los distingue es que sus alas son azules, su pecho amarillo y solo tienen un poco de verde en la parte de arriba de la cabeza. ¡Los detesto!, no entiendo su habla. Cuando yo era pequeño no existían en estos cielos, fue hace pocos años que nos empezamos a cruzar con 1, luego eran 2 y ahora son ciento cincuenta. Los llamamos los migrantes.

Hace unos días, como cada mañana, me acercaba a la copa del pino, pero sorpresa, ¿saben quién estaba allí?

Si, como adivinan, un migrante. Me molesté, tenía tanta rabia, que decidí volar más rápido y llegar en picada hasta él, para que se fuera. El pájaro azul y amarillo me vio, cruzamos miradas, justo antes de que yo llegara, no parecía que tuviera la intención de irse o que le produjera miedo. Se quedó estático y cuando ya faltaba poco para llegar, a sabiendas de que lo golpearía con el ala, subió un poco, como dando un salto. Yo no pude frenar para agarrarme de la copa, así que este volvió a posarse en el mismo lugar.

Ara y mis amigos vieron lo que estaba pasando, ellos me llevaron a otro árbol, que se encontraba a unos cuantos metros, antes de que yo pudiera embestir nuevamente al pájaro.

Comenzamos a discutir sobre lo que estaba pasando, mi molestia era tal que estaba decidido a emprender una batalla. Les decía a todos: -está en mi árbol, en mi lugar. La rabia se apoderaba de mí.

Calma Psitta, debes tranquilizarte. Me dijo Chioro. - Las peleas no son buenas. Quédate y hablaré con él.

Chioro fue rápidamente y habló con el que estaba en la copa del pino. Al volver nos dijo: -¿Se acuerdan que yo estuve en cautiverio hasta que me escapé? Al ir hablar con el migrante me di cuenta que los humanos también lo habían encerrado a él. Lo peor es que a ellos los trajeron desde una tierra muy lejana, son tantas horas de vuelo que no pueden regresar. Como no conocen este territorio nos han estado observando, tratando de seguir nuestras costumbres y rutas para encontrar comida. Al principio solo 1 se había escapado, pero luego se encontró con otro, y de esta manera se han reunido para formar una familia con sus iguales.

Después de la explicación de Chioro, todos entendimos lo que sucedía, nos pusimos en el lugar de estos extraños que ya no estaban con sus afectos, lejos de todo lo que conocían y sin saber a dónde ir.

Mi molestia se convirtió en dolor de que no hayan podido disfrutar de sus padres, al estar en una jaula sin poder surcar los cielos.

Desde ese día el migrante y yo compartimos la copa del pino y no me molestó cuando me siguen a algún lugar.

FIN

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