Una calle de Catia
De un carro lujoso se baja un hombre joven. Su ropa no es suntuosa, pero denota que tiene dinero. Yo pienso que aunque siguen siendo callados, ya no se parecen a los de antes que andaban en chanclas, un poco andrajosos, respondiendo solo con monosílabos. Sin embargo, en todos los tiempos el trabajo les hace progresar.
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Hay una calle en Catia, al oeste de la ciudad de Caracas, que es el sitio donde nací y en el que vivo desde hace 85 años. En mi niñez la sentía linda por la cantidad de árboles y flores que se podían ver. Cuando volteabas la esquina y la observas de largo a largo, encuentras un gran paisaje hacia el norte, porque se ve el Ávila, esa gran montaña verde. Entonces uno cree que si llegas al final de todas esas otras calles puedes subirla, explorarla y hasta cruzarla, para llegar al mar.
Siempre me ha gustado y por eso nunca me he mudado. Era la casa de mis padres y aunque cuando ellos murieron mis hermanos vendieron su parte, yo nunca deje este pedacito de casa en el tercer nivel, con un pequeño balcón, donde he sembrado un montón de plantas ya que de los ocho árboles que habían, solo queda uno.
Para mí, las calles de la ciudad son testigos de tantos acontecimientos, así como de los miles de personajes que transitaron y quienes ahora lo hacen. Estas calles son las mismas que un día estuvieron empedradas y que en el presente tienen pavimento. En algunas oportunidades han cambiado las paredes a su alrededor, renacido nuevos árboles, tenido huecos, pero lo que más han cambiado son las personas que se desplazan en ellas.
Esta calle repleta de casas, una al lado de la otra, siempre tuvo comercios en las plantas de abajo y en las de arriba vivían una o varias familias. Eso quedó en el pasado. Tengo ya cuatro años en una soledad que no es absoluta, porque otros tres ancianos también siguen aquí. Al asomarme desde mi balcón, pocas veces se veía gente. El caminar de los transeúntes era triste y cuando más aparecían personas era para hacer una fila que comenzaba en la calle contigua. Todos esperaban por comprar, repitiendo una frase: “¿Qué llegó hoy?”
Parece que la gente iba sin un objetivo. Dentro de los temas en las conversaciones de la fila se encontraba la falta de dinero, de comida y la esperanza de poder ir a otro país en busca de un mejor destino.
Me comencé a preocupar. ¿Qué será de la calle sin sus habitantes? Me hice algunas preguntas sin respuestas: ¿Quedará en el abandono? ¿Qué pasará con sus postes, el árbol y las aceras?
Extrañamente, hace un año, un día por la tarde, ya casi llegando la noche, sentí pisadas livianas. No eran tan fuertes como las comunes de aquellos que siempre han pasado por allí, que conocen de dónde vienen y a dónde van. No, estas eran imprecisas, como el que busca una dirección, el que se equivoca y regresa de dónde vino. Me asomé desde la ventana, pero solo veía las sombras de varias personas. Los escuché, pero no entendí el idioma que hablaban; era como una canción que sube y baja el tono. Se quedaron parados frente a un local, uno que ya tiene varios años cerrado. Parecía que esperaban abrir nuevamente esa puerta que producía tanto ruido al cerrarse.
A los pocos días pude deducir que estos eran extranjeros. Abrieron lo que los venezolanos llamamos abasto y en otros países una tienda de comida. Son de rasgos asiáticos, aunque nadie les ha preguntado de dónde vienen. Todos los llaman chinos: “¿Cómo estás chino? ¡Adiós, chino! ¡Que caro tienes el arroz, chino!”
Esta gente me trajo mucha curiosidad. Debía observarlos, investigarlos, por qué estaban aquí. Entraron a un país del que muchos huían y por qué, entre tantos lugares, algunos deciden venir a dónde las cosas están mal.
Al transcurrir los meses, noté seguridad en el paso de estos inmigrantes. Todos los días abren el pequeño negocio. Pero me sigo preguntando por qué. ¿Por qué ellos sí y Pedro mi amigo que tenía la ferretería en la esquina, no? Yo solía hablar un rato con él cada mañana, de béisbol o de política. Sin embargo, él ahora está en Chile. ¿Por qué Gaetano, mi carnicero, de confianza se fue? Claro, esa no era su voluntad: sus hijos se lo llevaron casi amarrado de vuelta a Italia, de donde había venido hacía 40 años atrás.
Aunque yo entro al abasto casi a diario, y les he dicho que soy su vecina, la de la casa marrón, estos no me hacen mucho caso. De vez en cuando me sonríen, pero hasta allí llega la interacción. Siempre están ocupados, con vista de águila hacia los compradores. Revisando los pagos, como para que no se pierda ni un centavo.
Lo bueno es que el pequeño negocio ha atraído a más personas a pasar por mi calle. Se ha empezado a sentir el calor de los camiones que logran pararse entre la acera y el único árbol que le queda. Del mismo descargan montones de mercancía que jóvenes muchachos van tirando en carretillas de dos ruedas, para adentrarlas por la pequeña puerta del comercio.
He percibido que las mujeres chinas también trabajan. No tienen un papel secundario, parecen estar en igualdad con los hombres: las he visto dirigir a los empleados para llenar el almacén, hacer compra de mercancía y hasta discutir con todo aquel que no les deja desarrollar su labor.
Yo continué con mi indagación, debido a que en cierto momento del pasado la gente no solo no querían vivir aquí, sino que se deseaban deshacerse de sus casas y de sus pertenencias. Muchos de los pequeños edificios de esta calle están en venta, otros tienen cuidadores que vienen de vez en cuando. Preguntando y preguntando me enteré que los nuevos vecinos ya compraron el inmueble, parece que el precio no tuvo objeción.
Otro asunto que me intriga, si hubieran alquilado, yo pensaría que vienen a hacer dinero y luego se van. La cosa es que compraron.
Entonces, la suma no me da. Ellos se vienen y los de aquí se van. ¿Qué ven ellos? ¿Será que tienen una bola de cristal? ¿Estará en el pequeño Buda o en el altar que tienen al final del local?
Ahora tres veces al día pasa un señor, con unos termos gritando: "Café, malojillo, chocolate, café..." De vez en cuando hay discusiones de posibles compradores o ladrones, quienes son sacados a empujones del local. Con gritos de uno de los chinos: “A mi no me vas a lobal”. Motivado a eso en los últimos días, se para una moto grande enfrente, de la que se baja un hombre pesado, con cara de autoridad y que parece ser el cuidador del lugar.
En la calle ya abrieron otro local, también de chinos. Así que mi investigación se amplía. Tremenda sorpresa cuando entré a conocerlo. ¿Qué puedo decir de este establecimiento? Bueno, lo primero es que es bonito, que los colores atraen y le dan un toque a mi calle. Así que ahora el punto de referencia para mi dirección es donde está la bonita tienda.
Lo segundo, es que venden cosas inservibles, que tu cerebro piensa que necesitas, por ejemplo, plantas de plástico, recipientes con extrañas formas, pulseras, collares, aretes y cables de todos los tipos para el móvil. Por supuesto todo es hecho en China. Entonces me cuestiono si será esta la razón de quedarse aquí, expandir el negocio de la ruta de la seda.
En la parte de arriba de otra de las casas se mudó una familia venezolana, de tres niños con su mamá y el abuelo. Escuché que vienen del Zulia, se mudaron porque están cansados de que se les vaya la luz.
Ya no duermo hasta la ocho de la mañana, porque a las siete pasa un camión lleno de plátanos con un megáfono que anuncia: "¡10 por un dólar! ¡10 por un dólar!", a todo pulmón.
Algo que me preocupa es lo que pasó a tres casas de la mía. Es una vivienda pequeña de un solo piso, que tenía años vacía, porque que pertenecía a un viejito como yo, sin familia, que cuando murió ya más nadie la abrió. Allí, un día, llegaron varias motos con hombres, un perro y un buitre, colocaron una bandera al frente, un toldo, la pintaron nombrándola como la Casa Comunal Jóvenes Revolucionarios. Se auto declararon protectores de la calle. Esto nunca había sido necesario, pero los tiempos cambian. Ahora se pasean vigilando.
Los he visto pasar por los locales abiertos y esperar. Parece que es necesario que le entreguen una pequeña contribución semanal. Los chinos lo hacen sin falta, por lo que me sigo preguntando: ¿Será que su país es peor que este o es que consideran que habrá aquí un futuro mucho mejor?
La calle se mantiene llena de gente. Unos alegres, porque les envían dinero. Otros, se beben su sueldo en la licorería y algunos hurgan en la basura.
Aunque yo con mis años he comenzado a sentir entusiasmo por su nueva vida, me pregunto: ¿Cómo será el futuro? ¿Volverán los que se fueron? ¿Serán los extranjeros mis nuevos vecinos? ¿Qué harán los vigilantes cuando yo muera?

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